El gol ya fue anotado, sus compañeros lo rodean y celebran al delantero que ha marcado más de 300 tantos, pero él se aparta, avanza unos pasos y baja la cabeza. Mientras otros convierten sus festejos en coreografías para las redes sociales, este extremo derecho se sumerge en su mundo espiritual, llevando a cabo un acto íntimo y personal que pocos llegan a comprender.
Su nombre, Mohamed, es uno de los más comunes del planeta y significa “alabado” en árabe. Al igual que Mohamed Ali, Salah combina la elegancia y el impacto: “flota como mariposa, pero pica como abeja”.
El pasaporte del futbolista de la Selección de Egipto lleva consigo un nombre extenso: Mohamed Salah Hamed Mahrous Ghaly, aunque sus compañeros optan por el apodo simple de “Mo”.
Es probable que esté al tanto de que la selección argentina utiliza palo santo y agua bendita, sin embargo, él cuenta con su propio ritual para encauzar su talento y preparar su espíritu para el partido. Antes de cada encuentro, practica meditación y visualización mental, costumbres que adoptó durante su etapa en Italia, cuando jugaba en Fiorentina y Roma.
Concentrado, “El Faraón” no se deja llevar por supersticiones. Prefiere entregarse a Alá y permitir que su fe haga el resto. Sus celebraciones reflejan esta conexión con la religión; frecuentemente, después de anotar, realiza el Sujud, un gesto islámico que consiste en postrarse con la frente en el suelo en signo de gratitud.
Un gol emblemático que encapsula esta conexión fue el que marcó el 8 de octubre de 2017, cuando convirtió un penal en el minuto 95 contra el Congo. Ese tanto, que vio a Egipto clasificar para el Mundial de Rusia 2018 después de 28 años sin lograrlo, lo llevó a abrazarse con su equipo y luego a arrodillarse en el césped en muestra de humildad.
A sus 34 años, a menudo es retratado de manera cómica con un nemes, el tocado asociado a los faraones. En septiembre, cumplirá 15 años con su selección, reiterando que el talento es un préstamo y que la gloria es una consecuencia de la voluntad divina.
Su fuerte sentido de fe lo ha llevado a destinar gran parte de su fortuna a obras benéficas. Según fuentes, apoya la construcción de escuelas y hospitales en su localidad natal, Nagrig, un pueblo en el delta del Nilo.
Sin embargo, su convicción religiosa enfrenta la complejidad de cumplir con los preceptos del Ramadán, un período sagrado que incluye ayuno y dedicación a la oración, mientras sigue con su carrera profesional. No es raro verlo entrenar en ayunas, como en la previa de la final de la Champions League 2018.
El estilo de juego de Salah se convierte en un símbolo de la visibilidad musulmana. Manifiesta su fe públicamente, pero sin exageraciones, encontrando su lugar en un deporte que reverencia al fútbol.
“Es el Maradona de los egipcios”, señala un entrenador argentino que vive en la región de Gharbia, donde nació Salah. Destaca que el jugador ha mantenido el respeto hacia su religión y ha logrado una convivencia armoniosa en un país donde el 90% de la población es musulmana y el 10% cristiana.
El futuro de Salah, tras dejar el Liverpool, es motivo de especulación, con posibilidades de que se una a un club italiano o a uno de Arabia Saudita.
El próximo martes, se enfrentará a una selección argentina que, desde la época de Carlos Bilardo, se encomienda a la Virgen de Luján. Lo hará con la calma que asegura le proporciona el mindfulness. “Lo practico a veces al despertarme. Me siento, cerro los ojos y visualizo lo que quiero lograr”, compartió en una entrevista.
A pesar de que la meditación no elimina el miedo al ingresar al campo, le permite aceptar ese temor y utilizarlo como una herramienta protectora.
Desde sus 14 años, Salah ha recorrido un arduo camino, pasando de cinco a diez horas diarias en transporte público para entrenar con El-Mokawloon El-Arab.
Su conexión con los futbolistas argentinos es profunda, habiendo jugado junto a Alexis Mac Allister y aprendido de Héctor Cuper. En su top tres de futbolistas rioplatenses, incluye a Lionel Messi, Gabriel Batistuta y Alexis Mac Allister.
La atención de los 119 millones de egipcios se dirigirá hacia Salah este martes, cuando “gauchos y faraones” se crucen en los octavos de final. Para muchos, la esperanza radica en él. “Ellos tienen a Messi, nosotros tenemos a Mohamed Salah y a 26 Messis”, bromea un asistente técnico de la selección egipcia.
Con la misma naturalidad con la que esquiva marcadores, Salah desmantela la imagen tradicional de la estrella del fútbol. Jugará este Mundial con la certeza de que su fe lo guía, convencido de que su destreza es solo un medio para manifestar algo más grande.








