A lo largo de las generaciones, muchos hombres fueron educados en la creencia de que manifestar sentimientos como tristeza, miedo o inseguridad es un signo de debilidad. Este concepto convirtió a la masculinidad en sinónimo de fortaleza, silencio y la capacidad de resolver problemas sin asistencia. Sin embargo, expertos alertan que este modelo no solo restringe la manera en que los varones manejan sus emociones, sino que también puede tener un impacto negativo en su salud mental y en la calidad de sus relaciones. En este contexto, el psicólogo Andoni Anseán y la sexóloga Elena Requena comparten sus visiones. Anseán sostiene que “hay que modificar la introspección del papel masculino. No hay conductas más o menos femeninas en los hombres, son solo construcciones sociales”. Para el especialista, es esencial revisar las ideas que vinculan la sensibilidad, el cuidado o la necesidad de apoyo con lo femenino. Anseán enfatiza que “debemos ser más honestos con nosotros mismos, más conscientes de lo que sentimos y darle importancia a la salud mental”. Esta advertencia es especialmente relevante considerando que “tres de cada cuatro suicidios que se producen son de hombres”, lo que convierte a la población masculina en un grupo prioritario. El psicólogo relaciona esta problemática con los modelos sociales tradicionales y con la dificultad que muchos varones continúan experimentando para solicitar ayuda. “Probablemente el rol social tradicional y una posible predisposición biológica a ser menos expresivos sentimentalmente y más conductuales contribuyan a que los hombres pidan menos apoyo externo para afrontar sus problemas emocionales”, señala. Por su parte, la sexóloga Requena resalta que la dificultad para abordar los sentimientos se inculca desde la niñez. Explica que “tradicionalmente ha estado mal visto que los hombres hablen sobre cómo se sienten porque se considera algo atribuible a la mujer y, por lo tanto, negativo”. Este aprendizaje también se observa en las amistades masculinas, donde las reuniones suelen girar en torno a actividades específicas en lugar de la necesidad de conversar sobre emociones. “Los chicos siempre se juntan para algo. Por ejemplo, ‘me junto con amigos para ir al cine o jugar a la Play’”, ilustra Requena. Practicar deportes, ver un partido, compartir comidas o ir al cine puede ser una valiosa manera de fortalecer la amistad. Sin embargo, el inconveniente surge cuando estas actividades se convierten en una excusa constante para evitar discutir lo que preocupa o duele. Así, hombres que han compartido años de amistad pueden desconocer las luchas emocionales de sus amigos más cercanos. Requena subraya que la necesidad de ser escuchado trasciende el género. “Todos tenemos esa necesidad de expresarnos, mostrarnos de una forma honesta y dejarnos cuidar”, asegura. Cuando esa posibilidad no se da en las amistades, a menudo la pareja se convierte en el único soporte emocional. “Al final, todos actuamos de soporte emocional de nuestras parejas y eso es bonito. Ser capaz de abrazar esa vulnerabilidad también es amor”, plantea Requena. Sin embargo, construir una red de apoyo más amplia permite que el acompañamiento no dependa de una sola persona. El cambio puede iniciarse con gestos simples. “Un ejercicio bonito puede ser intentar esa comunicación con los amigos poco a poco, con cosas pequeñas”, aconseja Requena. Preguntar cómo está el otro, compartir una preocupación cotidiana o expresar la necesidad de ayuda pueden abrir espacios de diálogo previamente considerados imposibles. La educación en la infancia también es crucial. “Al dar valor a sus sentimientos y emociones, no tendrán vergüenza o culpa al expresarse”, sostiene la sexóloga. Fomentar que los niños lloren, hablen sobre sus temores y pidan apoyo contribuye a formar adultos capaces de reconocer lo que sienten. Cuestionar los mandatos masculinos no implica renunciar a la fortaleza, sino reinterpretarla. Hablar, buscar apoyo, cuidar a un amigo y aceptar la propia vulnerabilidad son igualmente formas de ser fuerte.
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