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La nueva era de la previa: jóvenes eligen el casino antes de salir a bailar

7 septiembre, 2026
in Sociedad
La nueva era de la previa: jóvenes eligen el casino antes de salir a bailar
Acceder al Casino de Puerto Madero evoca la experiencia de pasar por el control de un aeropuerto. Con detectores de metales, una cinta para dejar pertenencias y un guardia que puede pedir la identificación, las normas de ingreso son estrictas. Aunque no siempre requiera el documento, cuando lo hace, lo examina cuidadosamente, como si la edad no fuera el único factor a considerar. Algunos agentes optan por confiar en sus instintos y preguntan la edad del visitante. “Bueno, pasá, aunque antes dejá el bolso por el escáner”, le dice uno de ellos a un joven.

Al entrar, la atracción principal se hace evidente. Alrededor de las ruletas, jóvenes comienzan la noche en el casino y, dependiendo de sus éxitos o fracasos en las apuestas, se mueven de un área a otra del barco.

La distribución del lugar parece un reflejo de un sistema de jerarquías. En el primer piso predominan los chicos de entre 18 y 25 años, mientras que al ascender, aumentan tanto la edad como las cantidades apostadas, culminando en el último piso, donde se encuentran los espacios VIP con apuestas de mayor escala y algunas caras reconocidas.

En una mesa de blackjack del segundo piso, Elián prefiere mantener su anonimato: “Mi papá me mata si se entera que vengo acá”. Su motivación para visitar el casino con amigos radica en la búsqueda de alternativas antes de salir, más que en el juego mismo. “El plan es ir al casino. Muchos amigos llegan más temprano y lo consideran como previa”, aclara.

Varios testimonios apuntan a que el interés por las apuestas deportivas online es el primer contacto con el mundo del juego, accesible con solo un clic. Sin embargo, para algunos, eso ya no es suficiente y la experiencia se traslada a lo físico.

Algunos revelan que empezaron a jugar antes de cumplir 18 años, utilizando cuentas de familiares o ingresando a los casinos sin que les pidieran el DNI, como Ignacio, un estudiante de la UBA que trabaja en el sector gastronómico con su padre. Coinciden también en una frontera que ellos mismos delimitan: jugar con amigos es una cosa, jugar solo es otro tema.

“Estoy al horno, no juego más”, le dice un chico a otro, ambos riendo entre la frustración. Al preguntarles sobre sus planes posteriores, la respuesta se repite en diversas visitas a casinos en el Área Metropolitana de Buenos Aires. “La idea era jugar un rato antes de salir a bailar. Lo que hagamos después depende de si ganamos”, explica uno de ellos.

Para el grupo que se siente “al horno”, la salida finaliza ahí. Han perdido el dinero que tenían destinado para las entradas al boliche y regresarán a sus hogares.

En el Casino de Tigre, los motivos para mantener el anonimato son similares a los del Hipódromo y Puerto Madero. Sus padres podrían enterarse, juegan al fútbol y evitan la exposición pública, son influencers, o simplemente están “de trampa”. Sea cual fuere la razón, los entrevistados prefieren no revelar sus identidades por completo. El casino se convierte en un espacio social donde se actúa en público, pero conserva ciertos secretos que quedan entre amigos.

“El casino funciona como un lugar de socialización que normaliza la anomia. Es paradójico; se convierte en norma la ausencia de reglas mientras los jóvenes se encuentran físicamente para forjar su identidad. El principal desafío es el juego compulsivo, que se considera una adicción, y las adicciones siguen siendo un tabú”, explica el sociólogo Alejandro Artopoulos.

Así, los planes se gestan entre amigos. Dentro del grupo, se habla de apuestas de manera abierta. Sin embargo, cuando los comentarios trascienden la intimidad que brinda el casino, el tono cambia y se establece un anonimato implícito.

En el tercer piso de Tigre, las mesas de juego presentan una clara división generacional, al igual que las distintas maneras de participar. Jóvenes y adultos raramente interactúan entre sí. Entre los primeros, predomina un enfoque en la diversión y la socialización; entre los adultos, el juego parece tener una connotación más seria y de riesgo.

La vida nocturna de Buenos Aires ha integrado en su circuito una nueva dinámica que solía estar asociada a generaciones mayores. Esto se ha intensificado, además, por la disminución de los vínculos cara a cara ocasionada por la pandemia.

“Los jóvenes establecen cada vez más relaciones virtuales y su forma de buscar reconocimiento ha cambiado. Muchos adolescentes buscan demostrar sus habilidades o destacarse ante sus pares en el ámbito digital. Las apuestas se convierten para algunos en una forma de diferenciarse y ganar reconocimiento entre sus amigos”, sostiene Artopoulos.

El nuevo paradigma también afecta cómo se presentan en los boliches. Si el casino se convierte en una previa y la apuesta resulta negativa, el resultado puede ser que la salida cambie drásticamente. “La gente busca ganar dinero, por eso va a jugar”, comenta Juan Sotelo, empleado de un boliche en Palermo. “Para salir, necesitas al menos 80 mil pesos”, agrega.

Los jóvenes que reúnen grupo en las ruletas de Puerto Madero explican que esa suma de dinero está relacionada con necesidades que van más allá del juego: invitar un trago, comprar una botella, pagar la entrada o simplemente tener efectivo para disfrutar de la noche sin preocupaciones. No todos cuentan con esa cifra, y por eso el casino se presenta como una opción para conseguirla.

Los trabajadores de los boliches afirman que la asistencia no ha disminuido, pero el modo de consumo dentro ha cambiado: una botella de bebida importada puede superar los 100 mil pesos, sin considerar el precio de una mesa.

“En el boliche, al comprar una botella costosa, puedes elegir una frase para el cartel que se lleva a la mesa y la mayoría opta por algo como ‘Gracias al rojo’ o ‘Gracias al 7’. Muchos incluso juegan online dentro del local para cubrir sus gastos”, explica Sotelo.

Nicolás Ponso, un ex-empleado de un boliche en Puerto Madero, acuerda que la cantidad de público no ha disminuido, pero sí la manera de consumir en el interior: “Vienen igual, aunque gastan menos. ¿Que influye? Sí. ¿Viene menos gente? No.”

El acceso al casino y a las apuestas ahora está al alcance de un clic desde el celular, pero este hecho parece no ser suficiente.

¿Cuánto gastan en una noche en el casino? “Entre 80 mil y 100 mil, no más,” estima uno de los jóvenes de la zona norte del AMBA. En Puerto Madero, los números varían entre 20 mil y 30 mil. Según cuentan, la clave está en establecer un límite que les permita continuar la salida a pesar de perder.

La discusión entre los grupos suele girar en torno a los momentos en los que el juego deja de ser una actividad social para transformarse en un riesgo. “Para mí, está la línea entre venir solo o venir acompañado. Cuando ya necesitas jugar sin compañía, es un problema”, afirma Elián.

Desde una perspectiva médica, el enfoque es diferente. “La adicción se manifiesta cuando el juego genera comportamientos negativos, cuando la persona siente que pierde el control y surgen problemas en su vida personal, familiar o laboral. Hay quienes, con escasos recursos, apuestan su salario o, en el caso de los jóvenes, el dinero que reciben de sus padres, condicionando su existencia”, explica Emanuel Brunstein, médico psiquiatra especialista en adicciones.

Lo social también juega un papel en esta delgada línea, ya que jugar frente a otros añade un elemento de competencia. “La recompensa inmediata se disfruta más en compañía. El problema surge cuando las pérdidas se escapan de su control y comienza una lucha interna donde emerge la necesidad de tener más que los otros”, analiza Brunstein.

Así, el casino se ha convertido en la primera parada de una noche de la que el cierre puede depender del azar. Algunos salen con dinero extra hacia el boliche, mientras otros vuelven a pasar por los detectores de metales y solicitan un auto para regresar a casa.

Al día siguiente, las conversaciones girarán en torno al rojo, al siete, a las ganancias y a las pérdidas. Es probable que el próximo fin de semana, alguien vuelva a sugerir la misma previa. “No vuelvo más”, afirma un joven con buzo azul al salir con dos amigos. Se miran y ríen… por su forma de actuar, ninguno parece convencido.

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