En un blog publicado el miércoles, el organismo examinó el efecto del cierre del estrecho de Ormuz y señaló que los mecanismos que habían evitado un incremento más dramático en los precios ya se han consumido.
“Los precios del petróleo deberían haber aumentado mucho más debido a la guerra de lo que realmente sucedió”, afirmaron los economistas Jean-Marc Natal y Azim Sadikov. Sin embargo, destacaron que gracias a una combinación de menor consumo, un aumento en la producción fuera del Golfo Pérsico y un uso intensivo de inventarios, se logró evitar una crisis más profunda. “Pero gran parte de ese margen ya se utilizó”, advirtieron.
El conflicto ha perturbado el tránsito por el estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del consumo mundial de petróleo. A finales de mayo, más de 1100 millones de barriles habían quedado fuera del mercado, una falta que, según el FMI, ya supera a la experimentada durante la crisis del petróleo de 1973, la guerra entre Irán e Irak y la Guerra del Golfo en momentos comparables del conflicto.
El Fondo identificó tres factores que ayudaron a mitigar el impacto. En primer lugar, se observó una caída en la demanda, especialmente en Asia, donde los altos precios redujeron el consumo y aceleraron la transición hacia otras fuentes de energía. En segundo lugar, hubo un aumento inesperado en la producción de petróleo fuera del Golfo, liderado por Estados Unidos, así como contribuciones significativas de Venezuela, Guyana y Rusia. Por último, el mercado recurrió en gran medida a reservas comerciales y estratégicas para compensar la falta de oferta, un uso que genera preocupación en el organismo.
El FMI advierte que, a pesar de que un eventual restablecimiento de la navegación por el estrecho de Ormuz podría ayudar a normalizar el suministro, la recuperación no resultará inmediata. Las estimaciones del sector sugieren que podría demorar de dos a tres meses para que una parte significativa de los flujos vuelva a la normalidad, e incluso algunos yacimientos podrían enfrentar pérdidas permanentes de producción si las interrupciones se alargan.
Así, el organismo prevé que el déficit de oferta se ira cerrando paulatinamente y que los inventarios podrían aproximarse a niveles operativos mínimos, un punto a partir del cual el sistema pierde su capacidad para absorber nuevos sobresaltos.
“Los choques energéticos continúan siendo una amenaza para la economía mundial”, resume el informe, añadiendo que, con la capacidad ociosa ya utilizada, la demanda a la baja y las reservas reducidas, “el mundo partirá de una situación más débil ante el próximo golpe”, a menos que se logren reconstruir los inventarios.
En este contexto, Argentina ha logrado navegar la situación gracias a su nueva posición superavitaria en el sector energético, impulsada por el desarrollo de Vaca Muerta. Para este año, se prevé un notable aumento en la producción que podría acercarse al millón de barriles diarios, además de un considerable superávit en la balanza energética que podría alcanzar los 12.000 millones de dólares, según estimaciones de la Bolsa de Comercio de Rosario.
El FMI subraya que la principal lección para los gobiernos consiste en reconstruir esas reservas de petróleo, diversificar las fuentes de energía y las rutas de aprovisionamiento, así como proporcionar asistencia a los consumidores vulnerables sin distorsionar las señales de precios. De no ser así, advierte el organismo, un nuevo episodio de tensión podría significar un impacto mucho más severo sobre los precios del petróleo, y consecuentemente, sobre la inflación y el crecimiento global.
En este marco, el gas natural licuado de Argentina podría convertirse en una alternativa de aprovisionamiento a nivel global, con la intención de consolidarse en este papel en los próximos años. No es coincidencia que la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, tenga planificada una visita a Vaca Muerta a fin de mes durante su paso por el país.








