La denominación Balcan proviene del turco, que significa montaña boscosa. Aunque originalmente se refería a una montaña específica, actualmente identifica una amplia zona cultural que incluye países como Albania, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria, Kosovo, Montenegro, Macedonia, Rumania, Serbia, Eslovenia, Croacia, Grecia y parte de Turquía. A medida que nos acercamos al santuario, las montañas comienzan a aparecer, adornadas con flores, árboles frutales y la lejana vista de cumbres nevadas. Este entorno natural alberga osos pardos en libertad.
El santuario en el que residen Gordo y Florencia es uno de los trece que gestiona Four Paws, de los cuales diez son de su propiedad y tres están en colaboración con otras organizaciones. Mientras que en otros países como Kosovo, Ucrania, Austria, Vietnam y Sudáfrica se centran en la atención a grandes felinos y osos, también cuentan con un santuario para aves.
Esta organización fue fundada por Heli Dungler en Viena, junto a un grupo de jóvenes activistas con el objetivo de prohibir las granjas de pieles y denunciar la situación de gallinas en jaulas. Con el tiempo, su labor se expandió hacia áreas de emergencia, como conflictos bélicos y desastres naturales. El exzoológico de Luján, según indicó Luciana D’Abramo, directora general de Four Paws y residente en Austria, representa la operación más grande de traslado de animales en la historia de la organización.
Gordo y Florencia, junto a Flora, una pequeña tigresa en delicado estado de salud que lamentablemente falleció, fueron los primeros animales en ser trasladados desde Buenos Aires en respuesta a la urgente situación que enfrentaban. La dieta de Gordo fue alterada de inmediato al llegar la organización, dado que el exzoológico había permanecido cerrado durante casi cinco años, período en el que murieron 70 animales. Las autoridades de Fauna, en lugar de actuar de forma eficiente, se limitaban a realizar fiscalizaciones esporádicas.
A pesar de las numerosos irregularidades en el exzoológico, su clausura también estuvo plagada de problemas, resultando en el sufrimiento y las muertes de muchos animales. Las dietas fueron modificadas rápidamente para varios de los ejemplares, y Gordo tuvo que perder peso antes de ser trasladado. En cuanto a Florencia, ella sufría de una hernia de disco que le ocasionaba dolor y limitaba su movilidad. Actualmente, recibe medicación de manera constante y su estado ha mejorado. A diferencia de él, ella ha aumentado su peso en el santuario, lo que ha sido celebrado por el equipo del lugar. Los osos disfrutan de una dieta rica en frutas, huevos de aves, rosa mosqueta, frambuesas, moras y ciruelas silvestres, todo lo que logran encontrar en el bosque que los rodea. Ver a los osos comer uvas con sus enormes garras es un espectáculo fascinante, ya que despojan la fruta con una notable habilidad.
Marina Ivanova, veterinaria búlgaro y directora del santuario de Belitsa durante largos años, nos comentó que cuando Gordo y Florencia llegaron, los osos ya presentes en el santuario estaban despertando de la hibernación, así que en un primer momento solo se podían escuchar algunos sonidos. “Hibernar es un signo de bienestar para ellos, y aquellos que viven bajo estrés no lo hacen. Esperamos que ellos puedan hibernar el año siguiente. Antes de entrar en hibernación, se alimentan de forma intensiva para abastecerse de lo que necesitarán, una estrategia de supervivencia, ya que en invierno escasea su alimento natural. Las hembras dan a luz durante la hibernación y alimentan a sus crías mientras duermen”, explicó Ivanova.
Los osos danzantes de los Balcanes constituyeron una de las imágenes más desgarradoras del siglo XX. Desde el siglo XIX, familias gitanas y romaníes denominadas “mechkar”, que significa “el del oso”, recorrían diversas localidades con un oso amaestrado que se presentaba como bailarín al escuchar música. Este “baile” era una representación dolorosa; los cachorros eran sometidos a torturas como quemaduras en sus patas o eran forzados a pararse sobre metal caliente. El oso asociaba el sonido musical con el sufrimiento, lo que lo llevaba a elevarse sobre sus patas traseras como reacción protectora. Adicionalmente, se les perforaba el hocico o la nariz para colocarles anillos con cadenas, controlados por el “mechkar”. Esta tradición, como muchas otras crueles, se ha heredado de generación en generación, muchas veces impulsada por situaciones de extrema pobreza.
En la actualidad, algunos osos como Dana y Marinka aún habitan en el santuario. El último rescatado, Gosho, llegó en 2007 y puso fin a la historia de los osos danzantes en Bulgaria. Muchos de ellos, ahora rehabilitados, conviven con Gordo y Florencia en las montañas.
El proceso de adaptación no es inmediato; ningún animal puede comportarse como un verdadero oso de un día para el otro. Se requiere tiempo para que aquellos que han sido forzados a adoptar costumbres ajenas a su naturaleza recuperen su instinto. En Belitsa, solo se escucha el silencio interrumpido por los cantos de los pájaros, mientras que los osos ya no volverán a escuchar la música que los obligaba a “bailar.”







