Este argumento no es infundado. En Estados Unidos y otros países desarrollados, algunos datos indican un deterioro significativo del bienestar entre los jóvenes, y allí se desarrolla gran parte del debate sobre el tema. Sin embargo, lo que sucede en estas naciones no se traduce necesariamente en el contexto del resto del mundo ni de Argentina.
Analizando el último Informe Mundial de la Felicidad, que se basa en la Encuesta Mundial de Gallup, se observa que la encuesta pregunta a los participantes que califiquen su vida en una escala del 0 al 10, siendo 0 la peor vida posible y 10 la mejor. A nivel global, los jóvenes menores de 25 años evaluaron su vida en un promedio de 6. En contraste, los jóvenes argentinos dieron una calificación de 7,1, posicionándose en el puesto 21 entre 147 países. Esto los coloca al mismo nivel que los uruguayos y por encima de chilenos, brasileños, estadounidenses (ubicados en el puesto 60) y británicos (64). Curiosamente, los jóvenes argentinos incluso superan a los de 15 de los 20 países de Europa occidental, incluyendo Suecia, Noruega, Alemania y Suiza.
Otro mito popular es la idea de que los jóvenes son más infelices que los adultos. No obstante, los datos indican que esto es cierto solo en algunos lugares. En cuatro países de América del Norte y Oceanía (Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda), los menores de 25 años reportan menos satisfacción que el resto de la población; en Europa occidental, la situación es similar en casi la mitad de los casos.
A nivel global, la mayoría de los jóvenes se sienten más felices que sus mayores, especialmente en el 82% de los países, y esto se repite en toda América Latina. En Argentina, los jóvenes tienen una satisfacción de 7,1 puntos en contraste con un promedio nacional de 6,4. Esto puede explicarse en parte porque suelen gozar de mejor salud, menos responsabilidades económicas y relaciones sociales más intensas.
¿Qué ha cambiado a lo largo del tiempo? ¿Los jóvenes se están volviendo más infelices? No parece ser una tendencia general. El informe compara la satisfacción de los jóvenes entre 2023 y 2025 con la de 2006 y 2010, y encuentra que, en promedio, su satisfacción aumentó casi 0,3 puntos. Así, en 85 países la satisfacción creció, mientras que en 51 descendió, con un patrón regional claro: los descensos más marcados se registraron en 12 de los 20 países más desarrollados, como Canadá, Estados Unidos, España y el Reino Unido.
Por el contrario, en Europa oriental, gran parte de Asia, África y América Latina, la satisfacción ha crecido. En Argentina, la cifra aumentó 0,18 puntos. Además, la Encuesta Mundial de Valores muestra que la satisfacción con la vida de los argentinos de hasta 29 años subió de 6,7 en 1984 a 7,5 en 2017. Estos datos sugieren que no hay indicios claros de una generación sumida en la infelicidad.
¿Por qué ocurre que los jóvenes de algunos países están peor? El informe también se centra en el uso de las redes sociales, a menudo consideradas responsables del malestar juvenil en el mundo anglosajón. Sin embargo, su conclusión es más matizada: las diferencias en el tiempo de uso no son suficientes para explicar la caída del bienestar juvenil en ciertos países. Por ejemplo, América Latina presenta un uso intenso de redes sociales y, a la vez, niveles relativamente altos de felicidad entre los jóvenes.
Una posible clave radica en cómo se utiliza Internet. Al comparar países, los jóvenes parecen estar mejor donde el uso de la red se destina mayormente a comunicarse en lugar de consumir contenido. En América Latina, plataformas orientadas a la conversación y el establecimiento de vínculos, como WhatsApp, están asociadas con una mayor satisfacción, mientras que aquellas basadas en algoritmos, como Instagram o TikTok, muestran efectos opuestos. El informe sugiere que las redes sociales benefician el bienestar cuando fomentan vínculos previamente existentes.
Un aspecto más profundo se relaciona con la conexión entre la felicidad y las relaciones interpersonales. En Europa occidental, se evidencia una disminución en la confianza hacia los demás y en la frecuencia de encuentros sociales entre los más jóvenes.
En mi libro No somos un país de mierda (todavía). Una historia de cómo estamos, cómo estuvimos y hacia dónde vamos, analizo, a través de datos y un enfoque histórico y comparado, la evolución de Argentina y su posición global. Uno de los capítulos se dedica a la felicidad y argumenta que el relativamente alto bienestar en Argentina y América Latina está vinculado a la calidad de estas relaciones. Nueve de cada diez argentinos afirman contar con alguien en quien apoyarse ante dificultades, cifra que se ha mantenido constante en las últimas dos décadas. Además, el país se encuentra entre aquellos en los que más se comparte la comida en compañía. Si la felicidad juvenil en América Latina ha tomado un rumbo diferente al de los países desarrollados, es posible que se deba a que, por el momento, esos vínculos se mantienen.
A pesar de esto, no se puede ignorar otros indicadores preocupantes, tales como las tasas de suicidio entre ciertos grupos etarios. En adolescentes de 15 a 19 años, la tasa descendió aproximadamente un 20% entre 2017-2019 y 2022-2024; sin embargo, entre los 25 y 34 años, subió en torno al 25%, alcanzando en 2024 una alarmante cifra de 13,5 por cada 100.000 personas, el valor más alto en dos décadas.
Esta tendencia se refleja tanto en estadísticas del Ministerio de Salud como en las del Ministerio de Seguridad, y no parece ser un fenómeno exclusivo de Argentina, dado que según datos de la OMS, la tasa también ha aumentado en Uruguay y Brasil. Las causas permanecen indeterminadas, y atribuirlo a un solo factor, como la pandemia, la situación económica o el uso de tecnología, resulta complicado.
¿Cómo es posible que la satisfacción con la vida de los jóvenes se mantenga elevada, e incluso haya aumentado, mientras los suicidios también se incrementan? La diferencia de edades no es suficiente para explicar esta disparidad: entre los 25 y 34 años, la evidencia también sugiere una mejora en la satisfacción con la vida en las últimas dos décadas.
La paradoja se torna más aparente que real, dado que ambos indicadores reflejan realidades distintas. Las encuestas ofrecen un promedio de lo que ocurre en la sociedad, mientras que el suicidio corresponde a un grupo específico de personas que experimentan sufrimiento extremo, una realidad que no se ve reflejada en los números promedios. Por lo tanto, la correlación entre la satisfacción promedio de un país y su tasa de suicidios es escasa.
Así, los datos presentan una imagen menos sombría de la que suele circular en la conversación pública. No hay evidencias contundentes que respalden la idea de que los jóvenes argentinos constituyan una generación particularmente infeliz o que estén experimentando un deterioro sostenido de su bienestar.
No obstante, esta situación coexiste con desafíos graves que requieren atención, como el incremento de suicidios entre adultos jóvenes. Además, resalta la importancia de mejorar la recopilación de datos estadísticos: Argentina necesita medir de manera regular y sistemática el bienestar subjetivo de su población. Sería recomendable que el organismo de estadísticas nacionales incluya estos indicadores en sus investigaciones. Sin datos confiables sobre cómo la población evalúa su calidad de vida, existe el riesgo de abordar problemáticas reales a partir de percepciones erróneas o diagnósticos ajenos.








