El duelo entre Castro y Jackson se había gestado por capítulos a lo largo de un año, con cambios de roles y múltiples postergaciones desde que el norteamericano le arrebató el título mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) a su compatriota Reggie Johnson el 1 de octubre de 1993, en el estadio de Obras Sanitarias. En esa misma velada, Castro había superado al cordobés Jorge Morello.
En ese tiempo, el santacruceño contaba con 27 años y casi un centenar de peleas como profesional. Entre ellas se encontraba su primer intento por un título mundial, que culminó en una derrota por puntos ante el estadounidense Terry Norris, en París, en una disputa por el campeonato superwélter del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Debido a su físico de wélter, a pesar de pelear en la categoría mediano, Castro retó a Jackson.
El púgil nacido en Denver no era un adversario sencillo. En diciembre de 1988 se había convertido en el primer campeón superwélter de la naciente Organización Mundial de Boxeo (OMB), tras derrotar por nocaut técnico en el séptimo round al mexicano Lupe Aquino, en Detroit. Posteriormente, había defendido su cetro seis veces antes de subir de categoría. Su triunfo ante Reggie Johnson fue la 30ª victoria en su carrera en ese momento.
Jackson programó a Castro como su oponente para la primera defensa, pero después de encadenar cuatro pedidos de postergación, decidió pelear sin título en juego, y sin autorización de la AMB, contra Jeff Johnson en Atlantic City. Esa decisión le costó caro: el organismo con sede en Panamá le quitó la corona y la declaró vacante, ordenando un combate entre el argentino y Reggie Johnson para dirimirla. El patagónico se impuso por puntos y en decisión dividida en el club Defensores de Villa Luján, de San Miguel de Tucumán, el 12 de agosto de 1994.
Así, volvió a surgir el nombre de Jackson, ahora como retador, aunque con la distinción de ser un campeón “moral” debido a que había perdido su título en un escritorio y tenía un récord impecable. A principios de noviembre, Castro realizó una defensa simple al noquear al estadounidense Alex Ramos en el Gimnasio Municipal de Caleta Olivia, pero ya tenía acordado el enfrentamiento con el número uno del ranking de la AMB.
El duelo formó parte de una velada denominada “El día del juicio”, organizada por el influyente Don King en el estadio de béisbol de Monterrey, que también incluyó las presentaciones de otros cuatro campeones mundiales: el puertorriqueño Félix Trinidad, quien peleó ante Oba Carr; el estadounidense Frankie Randall, enfrentando a Rodney Moore; y los héroes locales Julio César Chávez y Ricardo Finito López, luchando contra Tony López y el colombiano Yamil Caraballo, respectivamente.
A pesar de estar rodeado por este elenco de estrellas, Castro vivió una noche con muy poca luz, que se volvió cada vez más oscura conforme sus ojos se cerraban por los golpes de Jackson. Ante un adversario aparentemente estático, el estadounidense aprovechó su velocidad, comprimió su derecha como un pistón y conectó zurdazos potentes que desmoronaron al campeón.
Luego de siete asaltos de claro dominio por parte del retador, el rostro de Castro se convirtió en una masa amorfa, sangrando por ambos párpados y la boca. En ese receso, el médico le revisó el estado y determinó que no podía continuar, pero el manager Luis Spada, presente en el rincón de Castro, rogó al árbitro sudafricano Stanley Christodoulou que le permitiera seguir. Christodoulou accedió a la petición.
El árbitro no era un improvisado en este tipo de combates. En ese momento contaba con 25 años de experiencia arbitrando peleas y había dirigido varias contiendas mundialistas, incluidas algunas con boxeadores argentinos. La más recordada, incluso más sangrienta que esta, fue la victoria de Víctor Emilio Galíndez por nocaut en el 15° round ante el estadounidense Richie Kates en Johannesburgo.
Sin embargo, el octavo asalto se desarrolló con Jackson manteniendo el dominio. “Él entraba, me metía dos o tres golpes y salía. Nunca me daba la distancia, estaba muy rápido y yo apenas podía ver debido a la sangre que me impregnaba las cejas”, explicó luego el patagónico. A su regreso al rincón tras tres minutos de desastrosa frustración, se dio cuenta de que no había mucho margen. “Me dijeron que era el último round: si no noqueaba en ese, chau, me paraban la pelea. No tenía otra oportunidad, estaba en un callejón sin salida.”
Las tarjetas reflejaban sin lugar a dudas la paliza que se estaba dando en el ring: dos de los jueces, el canadiense Guy Jutras y el mexicano Hector Hernandez Vilchis, habían otorgado todas las vueltas a Jackson, mientras que un tercer juez, el también mexicano Eduardo Luna, solo le había dado al campeón el cuarto asalto.
Había que ser un optimista extremo para pensar que el rumbo del combate podía cambiar, especialmente cuando el inicio del noveno asalto, lo que parecía ser el último, mostró de nuevo a Castro estático y recibiendo golpes, mientras Jackson se lucía y hasta se permitía un aire de superioridad.
Cuando restaban 62 segundos para que sonara el campanazo, un potente zurdazo de Jackson hizo tambalear la cabeza de Castro. Todo parecía indicar que su final estaba próximo. Pero según el propio Castro, su retroceso tambaleante y su falta de reacción durante diez segundos a los golpes llovidos fue, en realidad, parte de una actuación para desorientar a su contrincante. “El negro fue tonto porque se confió”, afirmó luego el campeón.
Entonces, ocurrió lo inesperado. Castro intentó lanzar primero un cross de derecha, pero falló. No obstante, aprovechó el impulso para volver con un zurdazo demoledor que impactó en el mentón de Jackson, quien cayó de espaldas sobre la lona.
Groggy, el retador se levantó apenas por un acto reflejo para recuperar la vertical que todo boxeador lleva dentro. Christodoulou, que había sido contemplativo anteriormente con Castro, le dio el pase, pero el destino ya estaba sellado. Otras dos caídas más, mayormente por empujones y el estado débil de Jackson, terminaron por enmarcar la epopeya del argentino.
“Creía que Rocky solo existía en la pantalla”, exclamó Don King, quien esa noche, al término de la velada donde todos los campeones levantaron los brazos en señal de triunfo, premió a Castro como el boxeador de la noche, entregándole un cheque extra de 7.000 dólares, que le propuso donar a un hospital. Castro, sin entender nada de lo que el hombre de cabellera erizada le decía, simplemente aceptó.
Unas semanas más tarde, una revista especializada de gran prestigio consideró esta pelea como la mejor del año y reconoció el noveno asalto como el asalto del año. Sin embargo, la épica de su victoria no le restó el carácter pírrico a la celebración del santacruceño. “Fue un momento muy feo. Cuando me vi en el espejo, me puse a llorar. Y no por haber ganado la pelea, sino porque nunca me había visto así, todo roto. La cara era una máscara. Me dio muchísima impresión. Nunca me sentí peor”, recordó Castro, y admitió: “Fue la peor pelea de mi vida, nunca nadie me pegó tanto.”
Esa misma noche, en el vestuario del estadio y sin anestesia, Walter Quintero, su médico, le aplicó seis puntos de sutura en el párpado izquierdo y cinco en el derecho. Al día siguiente, un poco más tranquilo, aunque con un dolor inédito en todo el cuerpo, el campeón se animaba a bromear: “Casi me saco el PRODE, me faltaron solo dos puntos”. El viaje de regreso a Argentina debió hacerse con un antifaz cubriendo sus ojos.








