Todo comenzó con el pitido final de Ismail Elfath. Durante casi 45 minutos, los jugadores no se quisieron ir. Permanecieron en la cancha, frente a miles de argentinos que seguían alentando desde las gradas. Algunos se tomaron un momento antes de ingresar al vestuario para contemplar a la multitud, como si quisieran grabar esa imagen en su memoria. Otros se tomaron su tiempo para recorrer la cancha y saludar a los hinchas. Después de una noche histórica, el plantel deseaba disfrutar unos instantes más con una afición que ha forjado un vínculo trascendental, más allá de los resultados.
Previo a dirigirse a la zona mixta, los jugadores se acercaron a una sección del estadio donde los esperaban sus familias. Padres, parejas e hijos se entrelazaron con los futbolistas, aún vestidos con la indumentaria del partido. Hubo abrazos, lágrimas, sonrisas y poses para las fotografías. Solo tras esta emotiva reunión, regresaron al vestuario, donde el festejo continuó a puertas cerradas. Cantaron en honor a la victoria sobre Inglaterra, recordaron a Malvinas y resonó uno de los cánticos más emblemáticos del equipo: “Esta hinchada loca deja todo por la Copa, la que tiene a Messi y Maradona”. Frente a Inglaterra, este canto cobró una fuerza aún mayor.
Tres futbolistas en particular sobresalieron por su alegría: Emiliano Martínez, quien recibió solo un remate del rival; Lautaro Martínez, que estalló de entusiasmo tras marcar el gol decisivo; y Rodrigo de Paul, que vivió una experiencia distinta al empezar desde el banco por primera vez en cinco años, pero al entrar al campo, aportó su experiencia y liderazgo en un momento crítico del juego.
El autobús que llevó al plantel al Grand Hyatt recorrió los casi 15 kilómetros que lo separaban del Mercedes-Benz Stadium, escoltado por una caravana de hinchas argentinos. Recibieron bocinazos, agitaron banderas y compartieron saludos por las ventanillas. En el hall del hotel, hubo un último abrazo con varios familiares. Después, mientras compartían un desayuno o se dirigían a sus habitaciones, muchos revivieron momentos del partido a través de sus teléfonos, intercambiando videos del gol de Lautaro, observando las reacciones de los hinchas en las redes y contestando los mensajes de congratulación provenientes de Argentina. Sin embargo, al llegar la hora establecida por el preparador físico, Luis Martín, la celebración debió concluir. La alegría se mantenía intacta, pero el equipo debía retomar las entrenamientos.
Dejar atrás la emoción resultó complicado. Fue un desafío calmar la mente tras una noche cargada de intensidad. Sin embargo, el grupo comprendió que no era el momento para prolongar la celebración. Este plantel ha enfrentado numerosas ocasiones similares y sabe que la recuperación comienza tan pronto finaliza el partido. Por ejemplo, tras vencer a Suiza, Lionel Scaloni pidió a los jugadores que agilizaran las entrevistas para regresar rápidamente al hotel, pues el descanso es parte fundamental del proceso de entrenamiento. Y en este momento también se comienza a forjar el camino hacia una final.
Atlanta amaneció como cualquier otro día. Durante la noche, desmontaron el Fan Fest que había funcionado durante semanas junto al estadio, desarmando el escenario, las pantallas, los puestos de comida y las vallas. Ya no había patrulleros bloqueando las calles ni helicópteros volando por la zona. Solo quedaban algunos argentinos con la camiseta puesta, esperando un transporte rumbo al aeropuerto. Los más afortunados continuarían hacia Nueva York para asistir a la final, mientras que otros comenzarían su regreso a Argentina. Muchos todavía contemplan la posibilidad de modificar su pasaje para alargar unos días más esa aventura que nadie quiere que termine. Atlanta ha cerrado el telón de su Mundial, pero la selección aún no.








