Gastón Lentini, analista financiero, comentó que, a pesar de que los sectores de oil & gas, minería y agro continúan avanzando, los beneficios de estos no se distribuyen al resto de la economía. Además, remarcó que el Gobierno cuenta con un margen de maniobra limitado para estimular la actividad económica. “El desempleo está controlado por ahora, y creo que se podrían tomar algunas medidas para promoverlo, pero la presión actual, en parte debido a la caída en la recaudación, restringe muchas maniobras”, añadió.
Para Leo Anzalone, director del CEPEC, los datos económicos están cobrando un protagonismo creciente en la toma de decisiones de inversión. “Durante gran parte del año, las discusiones se centraron en la fiscalidad, la inflación y la acumulación de reservas. Sin embargo, cuando los datos comienzan a indicar que la economía no marcha adecuadamente, el mercado empieza a hacerse otras preguntas”, sostuvo.
Anzalone enfatizó que una desaceleración sostenida podría cambiar la percepción de riesgo entre los inversores. “Los datos de julio son bastante claros en este sentido. Si esta tendencia continúa y la economía entra en una fase de contracción prolongada, no solo afectará la actividad, sino que impactará en las expectativas financieras”, explicó.
El inversor evalúa la capacidad futura de generar recursos para enfrentar los vencimientos. Así, cuando los datos económicos reflejan debilidad, el mercado puede exigir una mayor prima de riesgo, incluso si las cuentas fiscales aún muestran signos de orden. Sin embargo, también es importante considerar el significativo deterioro del contexto internacional, lo que complica la valoración de activos emergentes. De cara a 2027, una de las preguntas clave será si los datos recientes son simplemente un hecho aislado o el comienzo de una tendencia más prolongada.
Elena Alonso, directora de Emerald Capital, señaló que durante meses el mercado pasó por alto datos negativos de actividad, ya que la inflación estaba en descenso y se compraban reservas. Esa situación ha cambiado, y las cifras de actividad y pobreza han resultado peores de lo previsto. Por primera vez en mucho tiempo, los inversores han reaccionado ante esta realidad.
Alonso destacó tres mecanismos a través de los cuales una economía debilitada puede afectar los activos financieros. En primer lugar, están las cuentas públicas; en segundo, el impacto sobre las empresas. “Si las personas consumen menos y tienen dificultades para cumplir con sus obligaciones, son los bancos los que primero lo experimentan”, apuntó.
El tercer aspecto son las expectativas. “Una economía que no despega genera incertidumbre para el año próximo, y el mercado comienza a valorar esa situación”, observó. El riesgo país se considera el principal indicador de esta percepción. Aunque no se anticipa una crisis financiera inminente, se sugiere un enfoque prudente.








